SI APLAUDES ALGO QUE TE FAVORECE, PIERDES EL DERECHO A CONDENAR ESO MISMO CUANDO TE DESFAVORECE

Ante la actual controversia entre la Asamblea Nacional (AN) y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), los venezolanos, como siempre, hacen gala de su pésima memoria.

¿Recuerdan el golpe de estado contra Chávez el 2002? ¿Recuerdan cuál fue la sentencia firme y definitiva del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de ese entonces?

Ese TSJ dictaminó que no hubo glope de estado alguno, que no hubo rebelión contra el orden estableciado, sino que, simplemente, había ocurrido un “vacío de poder” y que los llamados “golpistas” no eran tales, sino simples valientes ciudadanos “preñados de buenas intenciones”.
Con esa sentencia salieron inmunes e impunes todos los promotores de las marchas furibundas, los provocadores de los muertos de la refriega de esos días, las ridículas viejas de clase alta y obispos, monjas y curas del Este de Caracas que protagonizaban rabietas, pataletas y todo tipo de payasadas, los organizadores de los paros, de los desórdenes manipulados, de las campañas calumniosas y…, en fin, de ese golpe de estado que ahora es reconocido como tal en todas las reseñas históricas y en todos los países del mundo, sin excepción (una búsqueda en Internet evidencia esto).
No sólo. Ese golpe de estado ha pasado a la historia universal como una de las mayores y más estrepitosas ridiculeces latinoamericanas, representadas en la simple evidencia de un presidente que no llegó a gobernar ni siquiera durante 72 horas, llamado en todas partes “Carmona el Breve”, algo realmente insólito, si se compara con el otro hecho de que el presidente derrocado retornó al poder en menos de esas 72 horas.

Lo importante para esta nota es que el TSJ de ese entonces dictaminó que no hubo golpe de estado, que no hubo culpables y que, además, los golpistas eran personas “preñadas de buenas intenciones”.
Yo, personalmente, no creo que en la historia mundial, desde los egipcios para acá, haya habido un ex-abrupto jurídico tan ridículamente monstruoso como ese.

Sin embargo, ante las recientes actuaciones del actual TSJ, los que antes apoyaron aquel golpe de estado y aplaudieron la sentencia del TSJ de entonces, en estos días se rasgan las vestiduras por las decisiones que ha estado tomando el actual TSJ. Resulta que, excepciones más, excepciones menos, grosso modo, los golpistas del 2002, los que en aquella fecha estaban “preñados de buenas intenciones”, ahora forman parte de la actual Asamblea Nacional (AN) y, en general, de la Oposición venezolana (la célebre MUUUUUD, por su parecido a las vacas).

Protestan, se excitan y se exaltan porque no quieren recibir la misma medicina que ellos aplicaron hace unos 15 años.
Es que de eso se trata: la AN, y en general la Oposición venezolana, rechaza ahora como injusta y absurda la misma situación que hace años aplaudieron fervientemente. ¡Sólo están recibiendo un poco de su misma medicina!

ES EXACTAMENTE LA MISMA SITUACIÓN. Pero antes era plausibe, ya que los favorecía, y ahora es condenable, ya que los desfavorece.
¿Quién puede creer en personas así? ¿Quién puede confiar en esa clase de inmorales? Sólo quienes no tienen pensamiento crítico. Sólo aquellos que nada más leen a Dolar Today, a los runrunes de la Locaranda, a Maduradas, al Miami Herald y a todo tipo de cloaca informacional. Sólo a los bagres de la sociedad, aquellos que sólo comen basura y excrementos.
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Yo, como ciudadano víctima de todo este gobierno adecopeyanochavista de hace casi 60 años, que es siempre la misma 4ª república de toda la vida, la misma prehistoria de siempre, tengo que protestar por esta clase de asimetrías.

Este gobierno de Chávez y Maduro no nos representa. Nos ha seguido hundiendo en un fango cada vez más profundo iniciado por los adecos en el ’59. Nadie, ninguna opción nueva nos representa. Entre la espada y la pared, cono no me canso de decir, estamos condenados a llevar encima toda la carga de basura, crueldad, torpeza e inmundicia de todos estos gobiernos desde mitad del siglo 20 hasta hoy.

Pero, al menos, seamos francos: quien antes aplaudió unas acciones porque lo favorecían, pierde el derecho a condenar esas mimsa acciones cuando lo desfavorecen

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